El libro de Kate Brown, “Tiny Gardens Everywhere”, explora la historia oculta de la agricultura urbana, su amplio uso y la política relacionada con el cultivo de alimentos.
Historia de la agricultura urbana
En Berlín, a principios de 1870, los turistas comenzaron a visitar un barrio llamado Barackia. Este lugar no contaba con museos ni palacios, sino que era un vecindario de clase trabajadora donde la gente cultivaba su propia comida. Sin embargo, en 1872, las autoridades desalojaron a los residentes de Barackia.
A pesar de ello, la idea de la agricultura urbana se mantuvo. Para 1900, unas 50,000 familias en Berlín cultivaban alimentos, frecuentemente en lo que se conocían como colonias de árboles. Este interés por los jardines urbanos sigue vigente, ya que Alemania garantiza por ley el derecho de sus ciudadanos a cultivar.
La profesora del MIT Kate Brown afirma: “En un pequeño espacio, se puede cultivar mucha producción”. Esto permite a las personas tener otro trabajo y aún así cultivar alimentos en sus ciudades. Al visitar Berlín, uno se encuentra rodeado de estos jardines comunitarios.
La política de la agricultura urbana
No obstante, el cultivo de alimentos en tierras comunes conlleva una serie de desafíos políticos. Los intereses externos pueden querer reclamar o controlar estas tierras, lo que genera cuestiones sobre la organización social. En su libro, Brown examina cómo la agricultura urbana plantea preguntas fundamentales sobre la propiedad y el acceso a la tierra.
“Tiny Gardens Everywhere” se basa en años de investigación y narra cómo la tradición de cultivar en tierras comunes ha estado presente en Inglaterra. Sin embargo, el movimiento de enclosures en el siglo XVIII privatizó muchas tierras, afectando a los habitantes de clase baja, quienes a menudo no recibían suficientes tierras para ser autosuficientes.
Brown señala que esta privatización no solo controló la tierra, sino también a la fuerza laboral, obligando a los campesinos a trabajar en fábricas. La historia de la agricultura urbana está marcada por conflictos entre la agricultura comunal y las clases propietarias.
Impacto en comunidades
Un enfoque central del libro se centra en Washington durante el siglo XX, donde la migración de afroamericanos trajo consigo conocimientos agrícolas. En ciertos barrios, estos residentes establecieron cooperativas de trabajadores y de alimentos, adaptándose a las circunstancias locales.
A pesar de las adversidades, estos grupos encontraron formas ingeniosas de cultivar y reciclar, como el compostaje en ausencia de servicios públicos. Sin embargo, las autoridades comenzaron a restringir estos espacios, utilizando regulaciones sobre jardinería urbana como herramienta de control social.
A pesar de estos retos, Brown sostiene que es posible cultivar una cantidad significativa de alimentos en entornos urbanos. Por ejemplo, durante la Segunda Guerra Mundial, los jardines de victoria aportaron alrededor del 40% de toda la producción de alimentos en EE. UU. Aun así, la agricultura convencional en gran escala se centra principalmente en cultivos como el maíz y la soja.
Un futuro para la agricultura urbana
Brown también destaca que en varios estados de EE. UU., como Florida, Illinois y Maine, existen leyes que garantizan el derecho a cultivar. Esto refleja un deseo unificador en un panorama político polarizado. Su libro ha recibido elogios de otros académicos, quienes reconocen su habilidad para conectar el pasado de la agricultura urbana con un futuro más resiliente.
Finalmente, Brown espera que su obra inspire a los lectores a involucrarse en la causa de la agricultura urbana, ya sea como jardineros o defensores de políticas locales. “La lucha por el derecho a cultivar es algo que todos deberíamos considerar”, concluye.


