Los riesgos ocultos de compartir la vida de los hijos en redes sociales

Las huellas digitales de los niños comienzan antes de que den sus primeros pasos. En ocasiones, sus padres publican contenido sobre ellos en redes sociales incluso durante el embarazo, compartiendo ecografías con mensajes como «¡amor a primera vista!». Posteriormente, las fotos del recién nacido se suben a Instagram poco después de su llegada al mundo.

Este fenómeno, conocido como sharenting, está en aumento: uno de cada cuatro niños en Occidente tiene presencia en redes sociales antes de nacer. Sin embargo, algunos padres van más allá y transforman a sus hijos en verdaderas estrellas, conocidos como kidfluencers, documentando hitos importantes y otros menos relevantes. Capturan momentos como las primeras palabras y pasos, así como situaciones más íntimas, generando contenido que se comparte con millones.

El fenómeno del kidfluencing

El libro “Like, Follow, Subscribe” revela el mundo del kidfluencing, un negocio multimillonario donde se intercambia la privacidad de los niños por beneficios económicos. La autora, Fortesa Latifi, menciona que algunos padres se convierten en productores y cámaras, incentivando a sus hijos a grabar vídeos y controlando sus horarios de trabajo.

Este fenómeno se ha convertido en una fuente lucrativa de ingresos. Latifi señala que las cuentas más populares pueden ganar hasta 200,000 dólares por publicación patrocinada, generando entre ocho y diez millones de dólares anuales. En este contexto, lo personal se convierte en contenido comercial: desde el aprendizaje para ir al baño hasta la primera experiencia afeitándose.

Desafíos legales y éticos

El kidfluencing ha suscitado comparaciones con la actuación infantil, pero carece de las mismas garantías legales. En Estados Unidos, solo cinco estados requieren que los padres compartan las ganancias con sus hijos. La cuestión del consentimiento, el control del contenido y el tiempo dedicado a grabar queda a la decisión de los padres.

Aunque algunos niños pueden beneficiarse de la fama, el enfoque de Latifi se centra en los riesgos. Por ejemplo, Ryan Kaji, famoso por sus reseñas de juguetes, ha acumulado más de 40 millones de suscriptores y ganó 35 millones de dólares en 2025, según Forbes. Sin embargo, la madre de ocho hijos, Julie Jeppson, revela que sus vídeos más populares son aquellos en los que sus hijos se lastiman, lo que plantea serias preguntas sobre los instintos parentales frente a la generación de contenido.

Comercialización de la familia

La viralidad, que los padres suelen evitar en la guardería, ha alcanzado nuevas dimensiones. Las publicaciones sobre embarazos y bebés son especialmente populares. Una bloguera antigua cuenta que conoce a personas que han tenido más hijos debido a los lucrativos acuerdos con marcas. Aunque suene inverosímil, el sector reporta grandes ganancias por productos como cochecitos y pañales.

Las dinámicas familiares inusuales también atraen al público. Karissa Collins, una influyente cristiana, tiene 11 hijos con nombres que comienzan con la letra «A». Su estilo de vida provoca tanto admiración como críticas, especialmente por sus publicaciones sobre educación en casa y su postura sobre anticonceptivos.

Riesgos y consecuencias

A pesar de las sonrisas, el sufrimiento infantil puede estar presente. Shari Franke, hija de una momfluencer condenada por maltrato, afirmó que era víctima de los vlogs familiares. En 2025, Utah aprobó una ley que protege a los kidfluencers, obligando a los padres a guardar parte de sus ganancias y permitiendo a los niños solicitar la eliminación de contenidos.

Además, el mundo digital presenta peligros. Latifi menciona casos alarmantes de padres que graban contenido sugestivo de sus hijos y de kidfluencers acosados en la escuela. El libro, aunque profundo en su investigación, no ofrece recomendaciones claras para mejorar la situación. La autora reflexiona sobre su propia hija y concluye que la invasión de su privacidad no es aceptable.

Ilustración de un hombre mayor con auriculares y chaqueta